Hay sentimientos que parece que no adquieren importancia, incluso me atrevería a decir que dramatismo, hasta que no se dicen en alto. Alguien aparece en tu vida, de la nada, como las cosas que realmente merecen la pena. Sin búsquedas, dependencias o desesperaciones. No supone un acontecimiento especial ni el corazón te da un vuelco, aunque luego no dejarás de evocar ese primer día en el que todo cambió sin darte cuenta.
Es curioso como después de haberte cruzado con una persona ¿cuántas? ¿Diez, veinte… cien veces? y haberla ignorado involuntariamente, te sorprendes mirándola y quizá buceando en tu memoria de pez intentando enfocarla en algún rincón de tu pasado… pero nada, allí no está, aunque sabes que sí, que os habéis visto sin veros en un número indefinido de ocasiones.
Y de escrutarla y estudiarla pasas a escucharla. Descubres que no sólo tiene cosas interesantes que decir sino que sin saber cómo te sorprendes a ti misma embelesada, siguiendo sus palabras como una melodía rítmica, hipnótica. Entonces te lo niegas una y otra vez, pero ante su presencia te empiezas a sentir pequeña. Te conviertes en Pepita Pulgarcita tirando del bajo de su pantalón y diciendo: “Eh! Estoy aquí! ¿Por qué no me ves como yo a ti? ¿Por qué no me oyes?”
Quizá lo haga. Quizá mañana… pero… bah, es una tontería. Mejor me olvido de todo. Esto no existe. Vuelvo a ser Juan Palomo (yo me lo guiso yo me lo como). Me gusta lo complicado, lo imposible, aquello que como no se puede cumplir no te puede desilusionar, dañar, destrozar… ¿entonces? ¿me gusta? Y llega ese fatídico día en el que te ves llamando a una amiga por teléfono y diciendo, escuchando por fin de tu boca lo que no querías oír cuando tu pulso se aceleraba y se mezclaba con el hormigueo de tus manos, tu risa estúpida, tu cabeza funcionando a toda máquina y de nuevo los latidos apoderándose de todo: “He conocido a alguien…”
Entonces, sólo entonces, tomas conciencia y vuelves a traer a tu recuerdo ese primer momento en el que dejó de serte indiferente y sonríes. Un segundo después ya estás precipitándote hacia el vacío. Puede que por eso, los deseos, no deban compartirse con nadie salvo con uno mismo.
Es curioso como después de haberte cruzado con una persona ¿cuántas? ¿Diez, veinte… cien veces? y haberla ignorado involuntariamente, te sorprendes mirándola y quizá buceando en tu memoria de pez intentando enfocarla en algún rincón de tu pasado… pero nada, allí no está, aunque sabes que sí, que os habéis visto sin veros en un número indefinido de ocasiones.Y de escrutarla y estudiarla pasas a escucharla. Descubres que no sólo tiene cosas interesantes que decir sino que sin saber cómo te sorprendes a ti misma embelesada, siguiendo sus palabras como una melodía rítmica, hipnótica. Entonces te lo niegas una y otra vez, pero ante su presencia te empiezas a sentir pequeña. Te conviertes en Pepita Pulgarcita tirando del bajo de su pantalón y diciendo: “Eh! Estoy aquí! ¿Por qué no me ves como yo a ti? ¿Por qué no me oyes?”
Quizá lo haga. Quizá mañana… pero… bah, es una tontería. Mejor me olvido de todo. Esto no existe. Vuelvo a ser Juan Palomo (yo me lo guiso yo me lo como). Me gusta lo complicado, lo imposible, aquello que como no se puede cumplir no te puede desilusionar, dañar, destrozar… ¿entonces? ¿me gusta? Y llega ese fatídico día en el que te ves llamando a una amiga por teléfono y diciendo, escuchando por fin de tu boca lo que no querías oír cuando tu pulso se aceleraba y se mezclaba con el hormigueo de tus manos, tu risa estúpida, tu cabeza funcionando a toda máquina y de nuevo los latidos apoderándose de todo: “He conocido a alguien…”
Entonces, sólo entonces, tomas conciencia y vuelves a traer a tu recuerdo ese primer momento en el que dejó de serte indiferente y sonríes. Un segundo después ya estás precipitándote hacia el vacío. Puede que por eso, los deseos, no deban compartirse con nadie salvo con uno mismo.
Para mí, que provengo de una pequeña ciudad con mentalidad de pueblo (Puertollano, Ciudad Real) y que llevo más de 10 años saliendo por el ambiente, era evidente al comenzar este estudio que algo había cambiado en la realidad homosexual femenina vinculada a dichos clubs, bares y discotecas. Una “mutación” que traspasa las fronteras de la noche y que refleja un cambio a favor de la diversidad, pero que posiblemente se limita a los espacios visibles de encuentro entre mujeres.
Durante estos últimos tres meses he interrogado, siempre que me ha sido posible y sacando el tema en diferentes conversaciones, sin nombrar el objetivo de dichas cuestiones, a chicos heterosexuales y a personas de edades más avanzadas a la anterior.
Aunque se ha rumoreado sobre su bisexualidad ella siempre lo ha desmentido, pero claro, si no quieres que hablen de ti tampoco vayas diciendo por ahí que Christina Aguilera quiere montárselo con Lindsay Lohan (nº 20), que por otro lado, tampoco es que sea muy descabellado.
Todo en este mundo visible es una manifestación del mundo invisible, de lo que sucede en nuestro corazón. Deshacerse de ciertos recuerdos significa también dejar libre un espacio para que otras cosas ocupen su lugar. Dejar para siempre. Soltar. Desprenderse. Nadie en esta vida juega con cartas marcadas. Por ello, unas veces ganamos y otras, perdemos. No esperes que te devuelvan lo que has dado, no esperes que reconozcan tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor.
DEJARLO IR.
No me preguntéis por qué, yo misma sigo sin entenderlo, quizá seguiría pensando de ella que es una “niña malcriada con ganas de destacar sin ningún tipo de atractivo físico” sino fuese por su relación con Samantha Ronson y por aquello que inspiró a crear el personaje de Niki Stevens en The L Word, que por otro lado reconozco que Kate French está mucho mejor, pero si me diesen a elegir entre conocer a una u otra creo que me interesaría más saber si hay algo dentro de la cabeza de Lindsay que le lleve a hacer ciertas cosas (las que parecen más tontas al final no lo son tanto y eso, para mí, tiene su morbo).
Si hoy en día existen estereotipos es porque los ha habido y los hay, pero eso no quiere decir que podamos encasillar a cada persona en uno de ellos, son los extremos más destacados, quizá también los más visibles a lo largo de la historia, sin embargo, encontramos una múltiple gama de grises que no siempre tenemos en cuenta cuando hablamos de mujeres homosexuales, a las que se ha identificado siempre como butch, en el caso estadounidense, o “camioneras”, en el español, además, estos dos términos tampoco significan lo mismo ni reflejan una estética y comportamiento similar, puesto que el contexto cultural y social en el que se han desarrollado es diferente.
Con este pasado, es normal que se haya creado una idea equivocada de la homosexualidad femenina, y digo equivocada porque como bien establece Beatriz Gimeno (2007, p. 268-269), estas dos identidades estaban ligadas estrechamente a la clase obrera, las únicas que en aquella época asistían a los bares de “ambiente” y las que necesitaban hacerse pasar por un hombre como forma de acceder a determinados recursos disponibles sólo para los varones. Las mujeres de clase pudiente o universitarias hacían reuniones privadas, muchas en sus casas, lejos de las miradas ajenas, y no necesitaban adoptar estos roles, son por tanto y de nuevo, las invisibles.
En este contexto, los medios de comunicación y la publicidad decidieron darle protagonismo a las lesbianas, reinventándolas al gusto de los hombres heterosexuales y convirtiéndolas en un bien de consumo capitalista, hablamos de las lesbian chic (Gimeno, 2007, p.265), una categoría creada desde fuera, vendida como homosexual, sin llegar a serlo del todo, o al menos con serias dudas. El lesbianismo se convirtió en una tendencia, en una moda, eran y son, pues todavía perviven hoy en día, las “bolleras con glamour”: mujeres femeninas, también denominadas lipstick lesbian (lesbiana de barra de labios), que cumplen el rol extremo de lo que se ha considerado, como género, ser mujer, ampliándolo con una libertad sexual inusual acorde a los tiempos actuales, como símbolo y reclamo promocional empleado por actrices y cantantes (véase Madonna o el grupo t.A.T.u.). “Considera que la pluma es de mal gusto, le agrada gustar a los hombres, incluso podría decirse que eso es lo que busca, calentarlos. En realidad, es la lesbiana que encarna una de las más persistentes fantasías (hetero)sexuales masculinas” (Gimeno, 2007, p.287)

