No podía dormir. Me giré. Nos separaba medio metro, pero parecían cientos de kilómetros. Te miré durante unos minutos y sentí tu respirar acompasado, casi como si estuviese dentro de tu pecho. Me pregunté qué había salido mal y quise meterme entre tus sábanas y acariciarte como esa noche cuyo recuerdo parecía tan sólo un sueño lejano. Ahora ya era demasiado tarde.
Me incorporé y salí de la habitación sin hacer ruido. La madera crujía bajo mis pies descalzos. La puerta chirrió a mi espalda. La dejé entreabierta y me senté en el banco del porche. La luna iluminaba las copas de los árboles, que se movían al compás de una suave brisa de verano, era pleno agosto y sólo se escuchaba el sonido del romper de las olas bajo la colina.
Crucé las piernas y me encendí un cigarro. En el pequeño fulgor de una calada vi tu silueta aproximándose:
- Me he despertado y no estabas - me susurraste despacio para no interrumpir el sueño a las demás.
- No podía dormir – te contesté
Cogiste el tabaco y me preguntaste con la mirada si podías. Sonreí y afirmé con la cabeza. Te sentaste a mi lado y apoyaste tu mano en mi pierna mientras un escalofrío subía de mi espalda a la nuca. Volvimos a mirarnos. No hacía falta decir nada más.
Comenzaste a temblar de forma casi imperceptible, salvo porque me he acostumbrado a ciertos de tus movimientos como si fuesen míos. Cogí la manta que estaba en el respaldo y me incliné para ponerla sobre tus hombros. Me quedé apenas unos segundos con mis manos en tus brazos y te acercaste hacia mí, me rozaste los labios con los tuyos y abriste suavemente la boca. Sentí tu lengua por primera, y posiblemente última vez, buscando la mía, muy despacio, como si cualquier brusquedad pudiese hacer que amaneciese de golpe y despertarnos.
Te separaste apenas unos milímetros y me clavaste tus ojos en los míos para arremeter con más fuerza, como si una vez traspasada la barrera ya no importase nada. El mundo se nos podía caer encima porque en ese momento no existía nadie más en el universo salvo tú y yo. Hasta la luna nos hizo un favor y se escondió detrás de una nube para dejarnos asolas.
Me incorporé y salí de la habitación sin hacer ruido. La madera crujía bajo mis pies descalzos. La puerta chirrió a mi espalda. La dejé entreabierta y me senté en el banco del porche. La luna iluminaba las copas de los árboles, que se movían al compás de una suave brisa de verano, era pleno agosto y sólo se escuchaba el sonido del romper de las olas bajo la colina.
Crucé las piernas y me encendí un cigarro. En el pequeño fulgor de una calada vi tu silueta aproximándose:
- Me he despertado y no estabas - me susurraste despacio para no interrumpir el sueño a las demás.
- No podía dormir – te contesté
Cogiste el tabaco y me preguntaste con la mirada si podías. Sonreí y afirmé con la cabeza. Te sentaste a mi lado y apoyaste tu mano en mi pierna mientras un escalofrío subía de mi espalda a la nuca. Volvimos a mirarnos. No hacía falta decir nada más.
Comenzaste a temblar de forma casi imperceptible, salvo porque me he acostumbrado a ciertos de tus movimientos como si fuesen míos. Cogí la manta que estaba en el respaldo y me incliné para ponerla sobre tus hombros. Me quedé apenas unos segundos con mis manos en tus brazos y te acercaste hacia mí, me rozaste los labios con los tuyos y abriste suavemente la boca. Sentí tu lengua por primera, y posiblemente última vez, buscando la mía, muy despacio, como si cualquier brusquedad pudiese hacer que amaneciese de golpe y despertarnos.
Te separaste apenas unos milímetros y me clavaste tus ojos en los míos para arremeter con más fuerza, como si una vez traspasada la barrera ya no importase nada. El mundo se nos podía caer encima porque en ese momento no existía nadie más en el universo salvo tú y yo. Hasta la luna nos hizo un favor y se escondió detrás de una nube para dejarnos asolas.
Sentada sobre mí y sin despegarnos, la humedad de nuestras lenguas fundidas fue bajando hasta la entrepierna. Mis manos se acoplaron en tu culo y te pegaste a mí como si nuestros sexos pudiesen traspasar la ropa e incluso mutar de género en cuestión de minutos. Quería sentirme dentro de ti. Tus caderas comenzaron a moverse con el mismo ritmo acompasado de tu respiración hacía sólo unos instantes a medida que los dedos exploraban, descubrían nuevos rincones donde acariciar, donde arañar.La manta cayó al suelo y al poco le siguió tu camiseta. Me debatía entre seguir lamiéndote los labios o descender hasta tus pezones erectos, que me llamaban y jugueteaban con la yema de mis dedos. Opté por esto último mientras mi mano derecha buscaba un nuevo horizonte bajo la goma de tu pantalón y tu ropa interior y la izquierda se aferraba a tu espalda. Un breve jadeo más alto que los que le precedían salió de tu garganta en el momento que me introduje en ti y el pulgar se quedaba en tu clítoris. Un dedo fue a parar a tus labios para silenciarte y tú empezaste a lamerlo... Te cogí de la nuca y volví a comerte la boca sin dejar de tocarte. Estabas mojada y yo sólo deseaba nadar en ti, convertirme en ola y chocar contra tu cuerpo una y otra vez, que la noche no terminase nunca, cambiar el sonido de los pájaros por el de tu respirar acelerado.

La industria está pensada por y para ellos, de ahí que no seamos consumidoras habituales y si hablamos del lésbico estamos en lo mismo, así que
Quizá todas estas cosas no tuvieron nada que ver, puede que sólo estuviese en una etapa en la que lo había pasado demasiado mal con el sexo femenino y me dije que
Mis manos, prisioneras por su deseo, anhelaban el tacto de su piel, quería reconocerla con mis dedos, imaginando lo que mis ojos no podían ver. No poder tocarla me ponía aún más nerviosa. Dependía de ella, podía hacer conmigo todo lo que su imaginación desease.
Nunca conseguí nada productivo y cuando llegaron mis primeras relaciones sexuales compartidas descubrí que algo fallaba, que lo que me gustaba era ese órgano eréctil en la parte superior de la vulva… ¿cómo estimularlo? Las primeras veces tanto frote agresivo, quizá por el ansia del comienzo de mi por entonces pareja, terminaba irritándomelo y 
Cuando le gusta únicamente que le penetren y si además sus anteriores relaciones fueron con tíos está más complicado, al fin y al cabo tenemos dos manos y
Mi boca deteniéndose entre tus piernas, bordeando tu sexo primero con la punta de mi lengua y luego a lametones, con el piercing introduciéndose en tu vagina, llenándome de ti, mezclando mi saliva con tus fluidos, perdiendo mi cabeza y metiéndote la lengua como si fuese a estirarse y llegarte al fondo, clavarse en tu coño, sin parar de moverse, entrando y saliendo, deteniéndose brevemente en subir hasta el principio de él para volver a bajar, hasta que definitivamente se para en tu clítorix, pequeñito, llamando a gritos que crezca entre mis dientes, apretándolo con suavidad sin dejar de chuparte, de arriba abajo, círculos, rozándole, comiéndomelo...
